
Felis onca
Las putas como yo mas que mariposas negras somos hienas, mas gatas que perras, vivía en un pueblo pequeño en donde el frió era insoportable, los hombres del pueblo y algunos turistas visitaban la cantina de Juliana, donde se servía desde caña hasta Lambrusco “para entrar en calor”, después de unos tragos llamaban a juliana para que sirviera la bebida mas tibia y suculenta del lugar, ¡Si! Ahí estábamos Guadalupe, Irene y yo, las mariposas negras las únicas que no anunciaban muerte sino placer carnal, recibíamos a los desahuciados, insatisfechos, solitarios, miserables para llevarlos a tierras de éxtasis.
Generalmente no hablábamos con los clientes por miedo a terminar como juliana, en su tiempo ella fue una prostituta muy bella que se enamoro de mas de uno y termino siendo una neurótica amargada que no sirve más que para ofrecer lo que ella ya no puede dar, juliana era para mi como una madre me había ayudado cuando mas lo necesitaba en el fondo yo sabia que ella no quería esa vida para mi, jamás permitió que alguno de sus viejos amantes me tocara, se miraba reflejada en mi ,no lo podía soportar era como si en el futuro me viera como ella, en toda mi vida jamás he entendido lo que realmente quiero para mi, si termine como puta no fue necesariamente por dinero, siempre estuve atada al mundo prohibido, enamorada de lo incorrecto, totalmente sumergida en el pecado, tenia cierta fascinación por ese lado oscuro del espejo, me gusta vivir en el caos y alimentarme de los pecados, pero estaba completamente segura de que no quería terminar como juliana, sabia que algún día tenia que escapar de mi misma y salir de esas profundas aguas rojas de lujuria.
Cada noche sentía que moría en lo que hacia, mi tendencia a buscar siempre mas, experimentar cosas nuevas, a vivir una revolución carnal, provocaba en algunos atracción y en otros miedo, me enamoraba de mi de lo que hacia, hasta que un día mi existencia tomo sentido, estaba vulnerable, mi alma era frágil, me atreví a sentir mas allá de mi cuerpo, pude oler su alma, caminar mas allá de mis baratas esquinas, estaba enferma de amor, siempre había estado sola, jamás tuve un amorío, nunca dije te quiero, temblaba de miedo, esto era nuevo para mi, además de que tenia presente a juliana, pero no me importo esto era yo: un mar de deseos turbios y prohibidos, el era imposible, perfecto.
Lo conocí en la calle, el destino se encargo de cruzarnos y sin esperar nada lo mire y en el silencio ya éramos amantes, al instante lleno mis sentidos, así sin decir nada terminamos en su sofá con un gato como guardián y cómplice de nuestras pasiones, en el sexo era como un jaguar, sus ojos me lo decían su sexo y mi sexo me lo afirmaban, esa noche morí, naci, reencarne en sus latidos, bebí de su sudor, se convirtió en mi fantasía mítica.
Mi cuerpo experimento desde entonces una metamorfosis, ya no era la puta que se divertía y excitaba, mi cama estaba totalmente fría, vacía… mis sabanas ya no guardaban fantasías, pero solo era aquella puta rebelde cuando mordía su piel, el seguía siendo el núcleo de mis sentimientos, Llego el día en que me revelo su nombre ni siquiera se lo había preguntado, yo siempre me refería a el como “jaguar” por aquellos hermosos ojos de gato nocturno y ese salvajismo en la cama que lo caracteriza, realmente no me importaba tanto como se llamaba, para mi era un felino, tomo mi mano y jugo con mis dedos después de ello me miro fijamente y dijo:
- Me llamo Miguel y se supone que debería estar en mi país desde hace ya un par de meses, y tu mi súcubo me haz detenido para probar el paraíso, sentí la necesidad de preguntarle cual era su país pero este sonrió y dijo: - No te diré eso no tiene importancia ahora que no pienso regresar, tuve miedo de conocer mi felicidad, experimentaba mi virginidad en el amor, jamás habían desatado mi alma ni tocado más allá de mi cuerpo. Miguel y yo tomábamos café todas las mañanas, salíamos a caminar a pesar de ser prostituta jamás me despegue de los libros, Miguel era un hombre culto, lograba provocarme orgasmos visuales con lo que escribía, necesitaba estar a su lado. Mi carne, veneno y voluntad se llamaban Miguel.